miércoles, 14 de septiembre de 2016

Estoy vivo. Es mi momento.

Mi corazón palpita en mi pecho y mi mirada enfoca la visión en algún punto perdido, pues la concentración es tal que llego a salir de mi propio cuerpo. Dejo de ser yo y soy el movimiento, ese que me espera en breves segundos y me llevará a la misma gloria en esta habitación oscura.
Estoy solo, pero mi victoria será eterna y celebrada con un grito que hará retumbar las paredes al mismo tiempo que mi sudor caerá sobre el suelo, me atacará el mareo e incluso la borrosidad en la visión.
La respiración es importante, cierro los ojos y simplemente siento la emoción que se posiciona ante mí, dejándome llevar por los sentimientos, la música y las emociones.
Estoy vivo, lo sé cuando agarro la barra, estoy vivo, esto es todo lo que soy y este es mi momento. La tomo entre mis manos buscando la posición correcta, la distancia apropiada y recuerdo cual es la correcta curvatura que debe tener mi espalda. Visualizo el movimiento que deben hacer mis rodillas y transmito a mi sistema nervioso que se acerca el esfuerzo máximo. Estoy vivo, lo sé cuando noto la barra sobre mi espalda.
Una última vez miro al frente antes de tomar impulso y levantarme con la pesada barra sobre mi trapecio. Los pasos que doy hacia atrás son difíciles, pero tan solo es el comienzo. Luego quedo quieto.
Tomo aire y todo comienza: desciendo soportando todo el peso con mi tren superior, noto como mi cadera se posiciona debajo de mis rodillas y con un impulso salido de mi mismísima alma empujo hacia arriba. Todo el esfuerzo lo hacen mis piernas, como si quisiera despegar para alcanzar la luna, pero mi core se esfuerza de manera sobrehumana en mantener mi columna recta, un equilibrio supremo para que la subida sea en la dirección correcta, para no irme hacia delante o hacia atrás.
Son solo unas milésimas, tal vez más de un segundo, es ese punto intermedio que se hace eterno, pero yo soy un dios, soy una bestia y voy a subir, voy a pasar el momento más duro y una vez me incorpore por completo me sentiré un gigante que domina un mundo de enanos.
He gritado, pues la fuerza y el dolor es tal, que sin esa explosión jamás lo hubiera logrado, y no solo grito la primera vez, sino la segunda, la tercera, también la cuarta. Una más, solo una más... una más antes de la siguiente repetición.
Cuando dejo la barra en el soporte me mareo, dejo de ver y tengo que apoyarme contra la pared para no caer al suelo. Mi corazón late como nunca, las piernas me tiemblan, el lumbar se queja, y mis pulmones reclaman oxigeno... Estoy vivo.
Vuelvo a gritar, pero esta vez es un grito diferente, el grito de la victoria, el grito que dice al mundo, que estos son mis huevos, el grito de haber logrado el objetivo, y el grito de mañana quiero más. Vociferar de rabia que ese no es mi límite, y que pronto levantaré mucho más.

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